miércoles, 12 de marzo de 2014

La zafiedad del juzgador

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La zafiedad del juzgador

 - 10:41:35 - 
Ayer, el periódico El Mundo publicaba una entrevista con el juez Gómez Bermúdez, sobre quien recayó la responsabilidad principal de juzgar el caso del 11-M. La entrevista está llena de momentos gloriosos, como cuando dice que no recuerda si pensó en procesar al comisario Sánchez Manzano por falso testimonio. ¡Claro, hombre! ¿Quién va a acordarse de un detalle tan nimio como si pensaste en procesar a un alto mando policial por mentir en el mayor atentado terrorista de nuestra Historia?
O como cuando dice Gómez Bermúdez que no ha indagado quién tuvo la idea de atentar el 11-M. ¿Para qué vas a indagar esas tonterías, hombre? ¿A quién le importa quién tuvo la idea? El muerto al hoyo y el vivo al bollo, que dice el refrán.
O como cuando dice el juez que el libro de su entonces mujer, Elisa Beni, fue inoportuno. ¡Qué elegancia la suya, echándole el muerto a su señora! ¡Eso es un hombre! Porque nadie puede creerse, claro está, que él estuviera al tanto del libro que su señora preparaba. Seguro que lo escribía en secreto y al pobre Gómez Bermúdez le pilló por sorpresa la publicación.
O como cuando niega que él prometiera enviar a los mandos policiales perjuros "caminito de Jérez", a pesar de los testimonios de abogados y de víctimas que estaban presentes cuando dijo aquello.
Aunque quizá lo más escandaloso sea esa frase en la que dice que daría igual que el explosivo utilizado el 11-M hubiera sido Titadyn en vez de Goma2-ECO. ¡Por supuesto, hombre! ¡Daría lo mismo! ¡Qué importa que se usara un explosivo u otro!
¿Cómo que daría igual el explosivo, señor juez? No daría en absoluto igual, oiga. Para empezar, si se hubiera usado un explosivo distinto de la Goma2-ECO, querría decir que una tercera parte del sumario, todo lo referido a la trama asturiana, pasaría a no tener nada que ver con el 11-M, porque en aquella mina de Asturias lo que se usaba era Goma2-ECO.
Pero además, si en los trenes no se hubiera usado Goma2-ECO, entonces la prueba fundamental del caso, la mochila de Vallecas, quedaría (¡más aún!) acreditada como prueba falsa, y todo lo que de ella se deriva (es decir, todo el sumario) se vendría abajo. Y no solo habría que poner en libertad a todos los condenados, sino que además habría que abrir diligencias para ver quién colocó aquella prueba falsa, aquella falsa bomba que apareció en una comisaría de policía.
Como también habría que determinar quién colocó Goma2-ECO en la famosa furgoneta Kangoo que apareció en Alcalá de Henares en la mañana del 11-M. Y también habría que dilucidar quién suministró la Goma2-ECO con que se hizo volar el piso de Leganés.
¿Cómo que daría igual el explosivo utilizado, señor Gómez Bermúdez? ¿Y usted dice que es juez?
Pero en realidad, lo más triste es que Gómez Bermúdez no está mintiendo. Esa frase suya no es torpeza judicial, sino un lapsus probablemente debido a los nervios de la entrevista, y que indica la verdadera naturaleza del proceso del 11-M: la verdad judicial estaba prefijada de antemano, y las pruebas eran irrelevantes.
Por eso han dado igual todas las evidencias de falsificación de pruebas que hemos ido poniendo sobre la mesa a lo largo de estos años. Aunque hubiéramos publicado una fotografía de un mando policial o de un agente del CNI fabricando la mochila de Vallecas, hubiera dado lo mismo. Eso es, ni más ni menos, lo que Gómez Bermúdez está dando a entender con su respuesta.
Y en esas manos ha estado el juicio del 11-M, queridos oyentes: en manos de un juez cuya señora escribe un libro sobre el juicio y él tiene ahora la cobardía de lavarse las manos y descargar sobre su señora la responsabilidad.
En manos de un juez que miente al negar las promesas de justicia que hizo delante de víctimas del atentado, por muchos testigos que haya.
En manos de un juez que cree que podemos creerle, cuando afirma no recordar si pensó en procesar a mandos policiales por falso testimonio.
En manos de un juez que dice que no se ha molestado en indagar quién tuvo la idea de cometer el mayor atentado terrorista de nuestra Historia.
En manos de un juez, en fin, que reconoce que el arma del crimen le parece irrelevante a la hora de determinar la culpabilidad o inocencia de los presuntos culpables.
En esas manos estamos, señores.
Y lo peor es darse cuenta de que, en realidad, Gómez Bermúdez no es otra cosa que un "mandao", un fiel sirviente de aquellos que, desde el poder político, tanto han hecho para que los españoles sigamos sin saber quién mató a 193 compatriotas el 11 de marzo de 2004.