miércoles, 26 de junio de 2013

El hombre que unió el mundo antiguo - Akasico

Fuente:

http://www.akasico.com/noticia/3053/Enigmas-explora/El-hombre-que-unio-el-mundo-antiguo.html

Información:

Thor Heyerdahl

Última actualización 22/10/2012@09:33:10 GMT+1
La noche cayó como una maza sobre los hombres. Estaban exhaustos. Los días de travesía atravesando este océano de aguas infinitas estaban haciendo mella en el ánimo de los exploradores. Y todo por seguir las tesis de un visionario, de un antropólogo al que sus colegas veían como un proscrito, tan loco de remate como para enfrentarse a las teorías que sustanciaban las bases del pasado; tan ignoto y desconocido para él, como evidente para sus detractores. Y en esos instantes, estaba alcanzando la gloria…

Por Lorenzo Fernández Bueno
Pero si entonces no mostró flaqueza, ahora, cuando las estrellas se asomaban a la misma bóveda celeste que ya contemplaran sus añorados navegantes del pasado, precursores de la exploración primitiva de los mares, no estaba dispuesto a dejarse llevar por la sensación de ­vacío que invadía a sus acompañantes. Era mucho el tiempo y el esfuerzo empleado para que la barcaza de totora rompiera las olas, tan frágil en su apariencia que parecía que iba a desaparecer engullida en cualquier momento entre las fauces de espuma del bravo Pacífico.

Sin atender a las quejas que cada vez con voz menos susurrante iban esbozando algunos miembros de la tripulación, este gigantón de pelo lacio y dorado como el propio junco de la totora, permanecía absorto, escribiendo algunas notas en su cuaderno de bitácora y contemplando extasiado los leves movimientos de la brújula. Porque conforme avanzaba la quilla en la oscuridad, la costa quedaba tan lejos que el retorno, a estas alturas, se antojaba más complicado que la empresa que se habían propuesto llevar a cabo. La solución al problema en el que se estaban metiendo era llegar a tierra; rodeada de aguas por los cuatro costados pero tierra al fin y al cabo.

La noche transcurrió lenta; casi tanto como la última docena de madrugadas. El jefe de la expedición no pegó ojo. Algo le decía que debía de permanecer atento, atisbando lontananza como un desesperado Rodrigo de Triana lo hubo de hacer casi quinientos años antes que él. Porque la esperanza es lo último que se ha de perder, y en su situación la esperanza tenía el color de la roca volcánica. El Sol salió a eso de las cuatro y media. Los remaches de la proa de la barcaza emitieron un crujido, lo suficientemente perceptible para que aquel hombre de profundos ojos azules, impasible, esbozara una mueca de preocupación.

Nada pudo hacer; los juncos, uno a uno, tal y como se habían unido para dar fuerza a la línea de flotación de la embarcación, se estaban desperdigando, arrastrados por el oleaje. La barcaza encalló en un pequeño arrecife, la entrada a un islote que surgía como esa esperanza en la que nuestro protagonista siempre creyó. Habían llegado a un punto indeterminado en el corazón del viejo Mar Austral. Y lo más importante: habían logrado navegar más de cuatro mil kilómetros desde las costas del Perú, demostrando que si ellos lo habían podido hacer utilizando los mismos medios rudimentarios que tenía a su alcance el hombre cinco milenios atrás, este también podría haberlo logrado, dando respuesta de esta forma a algunas de las disparatadas coincidencias que se producían entre culturas que jamás confluyeron espacialmente, y algunas ni tan siquiera cronológicamente. Él, Thor Heyerdahl, lo acababa de demostrar…
(Continúa la información en ENIGMAS Nº 203).