miércoles, 31 de julio de 2013

Robert Schoch - Página Oficial de Javier Sierra

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http://www.javiersierra.com/w/biografia/periodismo/mis-personajes/robert-schoch/

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Robert Schoch

A
mediados del año 2002 se publicaba en español Escrito en las rocas. Se trata de la obra de uno de los geólogos más controvertidos del momento. Convencido de que puede aportar nuevos enfoques a la arqueología, ha revolucionado a los egiptólogos con sus propuestas sobre la edad de la Esfinge, situándola en más de 7.000 años. Javier Sierra lo entrevistó en la República de San Marino.A mediados del año 2002 se publicaba en españolEscrito en las rocas. Se trata de la obra de uno de los geólogos más controvertidos del momento. Convencido de que puede aportar nuevos enfoques a la arqueología, ha revolucionado a los egiptólogos con sus propuestas sobre la edad de la Esfinge, situándola en más de 7.000 años. Javier Sierra lo entrevistó en la República de San Marino.

El geólogo que conmocionó la Egiptología

Robert Schoch, geólogo y profesor asociado de Ciencia y Matemáticas en el College of General Studies de la Universidad de Boston, fue “reclutado” en 1989 para un trabajo muy especial. Robert Eddy, docente de Retórica de su misma Universidad, le presentó a un curioso personaje, John Anthony West, que se presentó como “escritor y egiptólogo independiente”. Poco pudo suponer Schoch aquella primavera de 1989 que su vida, por culpa de aquel parlanchín con aspecto de aventurero que acababa de conocer, iba a cambiar tanto.
West le mostró algunas imágenes del deterioro que sufría el pecho de la Esfinge de Giza y le invitó a analizarlas con cautela. Debía olvidar momentáneamente que se trataba de uno de los monumentos arqueológicos más importantes del mundo, y evaluar su estado de conservación. Aquellas estrías horizontales, de bordes suaves y surcos profundos, le recordaron a la erosión que una corriente continua de agua causaría sobre la caliza… Pero en Egipto, en el 2500 a.C. que es cuando se cree que se esculpió aquel león de piedra, no llovía lo suficiente para hacerle esas heridas.
Y ahí nació su interés.

Viajó aquel verano a El Cairo para contemplar la Esfinge con sus propios ojos. Regresó en abril de 1991 con los permisos necesarios para acceder al foso donde reposa este titán, y junto al sismólogo Thomas Dobecki quiso completar su trabajo. Fue en octubre de 1991, mientras un antiguo oficial forense de la policía de Nueva York comparaba el rostro de la Esfinge con el de Kefrén descartando que fueran de la misma persona, cuando Schoch presentó sus conclusiones en la reunión anual de la Sociedad Geológica Americana.
Acababa de nacer un… ¿hereje? ¿Un sabio? ¿O sólo un científico perspicaz?
Durante los días 8 y 9 de junio de 2002, pude al fin conversar cara a cara con Robert Schoch en la pequeña República de San Marino. Nuestro geólogo había cruzado el Atlántico para asistir al Tercer Simposio Mundial sobre los Orígenes Perdidos de la Civilización celebrado en aquel marco, y presentó ante un numeroso público sus conclusiones de más de una década de trabajo sobre ese y otros misterios de la antigüedad. De hecho, horas antes de embarcarme para realizar esta entrevista, la editorial Oberon me hacía llegar un ejemplar de la obra de Schoch, Escrito en las rocas, recién traducida al castellano.

El león del desierto

-En Escrito en las Rocas, usted formula una nueva teoría sobre la Esfinge. Dice que fue construida en dos secuencias: primero fue esculpida en la roca pero no terminada, y luego se remató en tiempos de Kefrén…
-No es tanto que no fuera terminada. Creo que sufrió varias modificaciones y remodelaciones con el tiempo. Mi opinión es que la primera Esfinge, la que llamo la “protoesfinge”, sólo constaba del torso, las patas delanteras y una cabeza bien diferente de la que tenemos hoy. Mi hipótesis es que aquella “protoesfinge” se hizo para que pareciera que salía de la roca, esto es, estaba integrada en la montaña original y emergía de ella como Abu Simbel o el Templo de Hatsepsut. Fue esta “protoesfinge” la que se erosionó por las grandes precipitaciones de esa época que, calculo, debió ser en el 5000 a.C. o quizá anterior.
-¿Y cuándo se terminó de esculpir?
-En tiempos del Imperio Antiguo fue readaptada por egipcios dinásticos. Reesculpieron la cabeza, aunque no sé cuando ocurrió eso exactamente; puede que en la IV Dinastía. La cabeza original tuvo que ser mucho más grande, pero no sabemos si fue humana o de león. Pero se rehizo como una cabeza dinástica, mucho más pequeña en relación a su cuerpo.
Lo que inventaron para el cuerpo, que estaba entonces muy erosionado, fue colocar bloques de caliza para restaurarla. Y entonces, desde la espalda, optaron por separarla de la roca primitiva, completando su tallado. En un momento determinado, la liberaron de la piedra. De hecho, hay una zona en la espalda que, con seguridad, fue esculpida más tarde que las demás. Así pues, y en resumen, hay áreas del monumento que se esculpieron en un pasado muy remoto, que luego se modificaron sistemáticamente en tiempos dinásticos del Imperio Antiguo, llegando incluso a ser reparada por segunda vez en el Imperio Nuevo.
-¿Entonces, está de acuerdo con la teoría de que tuvo una cabeza leonina originalmente?
-Esa idea me gusta. El león era, en tiempos antiguos, una imagen muy común empleada por los egipcios. Sí. Podría haber tenido cabeza de león, pero no hay ninguna evidencia definitiva que lo demuestre, ya que toda la cabeza fue reesculpida, y todo eso es pura especulación…
-Díganos, después de asegurar que la Esfinge es, como poco, tres mil años más antigua que lo que aseguran los egiptólogos, ¿cree que estos han cambiado en algo su opinión?
-Creo que algo sí –responde–. Incluso los egiptólogos más convencionales están revisando algunas ideas. Sobre todo los que creen que la cara de la Esfinge no es de Kefrén, sino de Keops. Todo lleva su tiempo. Pero lo más importante que ha ocurrido en esta década, desde mi punto de vista, es que otros geólogos han investigado independientemente el problema. Los doctores David Coxill y Colin Reader, han llegado exactamente a las mismas conclusiones sobre los procesos de erosión acuática del cuerpo de la Esfinge, y creen que es muy anterior a la época de Kefrén, en el 2500 a.C.
Soy geólogo y lo más importante para mí es que otros geólogos estén de acuerdo con mi trabajo.
-Pero Mark Lehner, la principal autoridad contemporánea en la Esfinge, de la Universidad de Chicago, no ha cambiado su opinión sobre una Esfinge del 2500 a.C…
-No –sonríe–. Mark Lehner no cambia. Sabemos que mucha gente se encierra en sus creencias particulares y su trabajo, y Lehner tiene una relación con la Esfinge muy extraña: empezó trabajando para la Fundación Edgar Cayce, de un vidente muy famoso en Estados Unidos, que sostiene que la Esfinge es muy antigua. Y luego, tras defender las profecías de Cayce de que existía cierta “sala de los archivos” bajo la Esfinge, se fue al otro extremo, el de la más rancia y convencional egiptología. Mark Lehner ha estudiado la Esfinge desde un punto de vista extremo a otro, y eso, me temo, le impide regresar a una posición más abierta.
-¿Y cuál es la opinión de sus colegas de la Universidad de Boston sobre estas investigaciones que usted conduce?
-¡Eso es otro tema! Hoy por hoy, he recibido muchos ataques desde el campo arqueológico y egiptológico de la Universidad, porque tienen un punto de vista convencional. La verdad es que no tengo mucha relación con ellos. Pero, por otro lado, hay otros colegas, en el campo geológico, en el terreno de las ciencias naturales, no en las clásicas o en Arqueología, que no presentan ninguna objeción a lo que yo hago. Hay una gran división, incluso en mi Universidad.
-¿Cree que, en adelante, las autoridades egipcias estarán abiertas a nuevas investigaciones de carácter geológico después de leer sus conclusiones?
-Creo que ya hay indicativos que permiten suponer que sí. Será dentro de poco.
-¿Usted planea…?
-Continuaré, desde luego. Una de las cosas sobre las que John Anthony West y yo hablamos a menudo, es de llevar un nuevo equipo de geólogos al lugar, para que examinen la Esfinge con objetividad y obtengan nuevos datos que corrijan cualquier posible error nuestro.

Aprueba el “difusionismo”

-Usted está trabajando ahora sobre otras estructuras piramidales alrededor del mundo. ¿Nos podría poner al corriente de sus avances?
Robert Schoch sonríe por primera vez en toda nuestra conversación.
-Estoy en ello –dice–. Como sabe, desde mi trabajo con la Esfinge en Egipto, hay dos cosas en las que me he ido interesando cada vez más: en los orígenes de la civilización, en la sofisticación de las relaciones humanas. La evidencia nos dice que ocurrieron muchas más cosas en periodos muy antiguos de lo que nunca habíamos imaginado. Mucho más de lo que nos enseñaron en la Universidad. Y examinando el problema de las pirámides en la antigüedad, las he encontrado en todo el mundo y he hallado un buen número de conexiones entre ellas.
-¿De veras?
-Sí. Y no son conexiones superficiales. Cuando analizas su estructura arquitectónica, los ritos y la mitología que las rodean… tienen tanto en común, incluso habiendo océanos de por medio, que me están obligando a buscar coincidencias genéticas, lingüísticas y hasta alimentarias entre las culturas que las levantaron. Y básicamente he llegado a la conclusión herética de que la vieja y denostada teoría del difusionismo es válida. Que en tiempos antiguos hubo contactos culturales en todo el mundo, incluyendo al otro lado de los océanos… Los océanos no eran esas barreras enormes que separaban los continentes y sus gentes, que es la visión clásica.
Hay algo en el mundo antiguo, tanto en Egipto como en China o Japón, Sumeria o Europa, que conecta con el Nuevo Mundo. Las pirámides, por tanto, están rodeadas de aspectos culturales que indican que algo muy interesante ocurrió en torno a ellas.
-Dijo que había dos cosas que le interesaban…
-Sí. La segunda es el “catastrofismo”. Me referí a ello en Escrito en las rocas, pero he desarrollado aún más ese tema. Creo que ciertas migraciones de la prehistoria se explican gracias a la existencia de ciertas catástrofes, que pudieron ser de origen extraterrestre. Es lo que llamamos “incidentes cometarios”, en los que caídas de meteoritos pudieron haber causado grandes cambios climáticos y precipitaciones, aún a pesar de que no encontremos huellas físicas en la superficie de la Tierra. Estoy muy interesado, como geólogo, en relacionar estos fenómenos astronómicos con los grandes eventos culturales.
-No es muy común que un geólogo se implique en la investigación de la Historia. Ustedes suelen contar los años por millones, no por cientos o por miles…
-Exacto.
-Y supongo que durante estos años, usted se habrá formado su propia opinión sobre qué ocurrió en el pasado de Egipto. ¿Cuál es su propuesta cronológica para esa civilización?
-Creo que desde los tiempos dinásticos en adelante –desde el Imperio Antiguo–, lo que los egiptólogos dicen es bastante correcto. Su cronología es acertada. El problema está antes: hoy tenemos menos y menos certezas sobre ese time line anterior. Y eso es aplicable, desde luego, a las propias pirámides de Giza. Cuando los geólogos las examinan, no están convencidos de que sepamos todo lo que dicen que sabemos de ellas. Por ejemplo, la certeza de que las pirámides las levantaron Keops, Kefrén y Micerinos, en ese orden y en poco tiempo, en la IV Dinastía. O que el Templo Mortuorio de Kefrén, cerca de la Esfinge, también se hizo en ese periodo, no está tan claro desde el punto de vista geológico. Para mí, sin ir más lejos, esa última estructura es más antigua; fue construida mucho antes, aunque se incorporó en un templo posterior de la IV Dinastía. Y eso creo que tiene mucha lógica.
Es como la segunda pirámide, la de Kefrén, que creo que se levantó sobre una estructura muy anterior. Así, sabemos cosas sobre los egipcios dinásticos pero no sabemos casi nada de su historia previa.
-¿Tiene usted más ejemplos de ese tiempo anterior?
-Sí. La pirámide roja de Dashur. También está levantada sobre una estructura más antigua. Y eso es muy interesante. De hecho, quiero conducir pronto mis propias investigaciones sobre el llamado “Stonehenge de Egipto”, piedras con alineaciones solares y estelares que se levantaron miles de años antes de nacer oficialmente la civilización egipcia. Hoy sabemos que muchas de esas alineaciones son más antiguas de lo que ninguno de nosotros sospechaba hace cinco o diez años. Y no me sorprendería que las fechas del origen de Egipto se remontaran aún más atrás en el tiempo.

El mapa de Piri Reis, ¿explicado?

Robert Schoch no solo plantea enigmas, también los resuelve. O, al menos, eso ha pretendido con el célebre mapa de Piri Reis, dibujado por un almirante turco del mismo nombre en 1513, y en el que algunos no sólo han visto un contorno preciso de las costas americanas, sino también de la Tierra de Maud, de la Antártica, no descubierta hasta el siglo XIX.
-No creo que el mapa de Piri Reis –nos explica– contenga el perfil de un trozo de la Antártida libre de hielos, como otros autores sostienen. Honestamente, no creo que se deba poner énfasis en ello.
-¿Qué cree entonces que es ese trozo de tierra en la parte inferior del mapa?
-Mi interpretación es que se trata del modo en que Sudamérica se extiende en esa parte del mapa. Eso fue, en parte, por culpa de la piel sobre la que está dibujado. Sinceramente, no creo que eso sea incompatible con la baja Sudamérica.
-Entonces, ¿cree que es parte de las modernas Argentina y Chile?
-Sí. Es una interpretación muy posible. Puede, como geólogo, que trate de ser muy conservador en todas mis interpretaciones. Desde mi punto de vista, creo que no debo aceptar las interpretaciones más extremas innecesariamente. Y cuando lo hago, soy criticado todo el tiempo por ello.
Pero con Piri Reis eso no es necesario. Por otro lado, es uno de esos temas en los que merece la pena seguir investigando; no en vano, está basado en mapas muy viejos, quizás anteriores a 1492…